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Chavela y Lorca en el Doc’n Roll Film Festival de Londres

by Santi Yagüe
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La poesía es la unión de dos palabras que nunca pensarías que podrían quedar bien juntas y que, al hacerlo, crean algo como un misterio”. Como pasa al unir Lorca y Chavela. Algo mágico nace de repente. Y el documental El ruiseñor y la noche, seleccionado por el Doc’n Roll Film Festival de Londres, da fe de ello.

“En los años de mi soledad / desde pequeña, un clavel reventón / abrió la brecha para llegar al cielo / una estrella que se llama Federico García Lorca”. Así canta Chavela al poeta granaíno. Así arranca El ruiseñor y la noche’. Un delicado documental, seleccionado por el Doc’n Roll Film Festival de Londres, que nos narra el más que sentido homenaje de la artista al que fuera fuente de su inspiración y confidente de su consternación.

Una pieza que nace, en palabras de su joven director, Rubén Rojo Aura (director mexicano hijo de los actores Rubén Rojo y Marta Aura), de “la necesidad creativa de conectar los sentimientos compartidos por ambos artistas, especialmente el sentido trágico de la vida”.

La Chavela nonagenaria no se resistió a homenajear al de Granada de la única manera que sabía: cantándole. Suerte que hemos tenido.

Es justo ese drama vital el hilo argumental que permite entrelazar reflexiones sobre las reiteradas idas y venidas de Chavela Vargas entre la muerte y la vida. A menudo, con la tranquilidad de saber que él le tendía una mano desde (más) allá para acompañarla. Parecía que eso le bastaba. Mario Ávila, cantante, compositor y amigo de Chavela, cuenta que ya siendo una cría andaba loca por Lorca: “Se enamoró de él desde niña, le gustaba su forma de vivir y de morir”.

Según nos explican en la película, esta pasión alcanza su punto álgido en el momento en que la cantante costarricense aterriza años atrás en la Residencia de Estudiantes de Madrid —hogar de la Generación del 27 décadas atrás— y se aloja en el que solía ser el cuarto del poeta. Es ahí, cuando, en noches de insomnio, baja al salón principal a charlar con él, a escucharle tocar el piano. Se siente comprendida al fin. Se da cuenta que, para los dos, la vida es “amor, amor, amor y eterna soledad”.

Más allá de ser señalada como una demente, sus allegados la definen como una mujer mágica, capaz de comunicarse de otra manera con el pensamiento. “Soy chamana y mi nombre es Kupaima”. Un poder que le permitió esquivar a la pelona en infinidad de ocasiones a lo largo de sus 93 años de vida. Eso, y su amistad caduca con el tequila.

Con ese misticismo natural por bandera, la Chavela nonagenaria no se resistió a homenajear al de Granada de la única manera que sabía: cantándole. Suerte que hemos tenido. Y más, cuando Rojo Aura decide acompañarla con su objetivo como testigo. Mostrándonosla teñida de blanquinegro, parapetada tras su gafas oscuras y resaltando todos y cada uno de los surcos que conforman su cara y, especialmente, su boca. Unas arrugas en alta definición imposibles de ocultar, remedando las grietas surgidas en el suelo del desierto de San Luis Potosí (México) que la ha visto envejecer. Podemos verla recitar versos y más versos desde el sofá de su casa en Tepoztlan con la barbilla mirando arriba, como mirándolo a él.

Esta es la intención del documental, hacer un fiel retrato de Chavela Vargas en este preciso momento de su vida, en el cual, lo más importante para ella, era dejar constancia de su pasión por Federico García Lorca. Crear una crónica poética a partir de textos lorquianos de su elección, alegorías ilustradas y, como no podía ser de otra manera, una desgarradora banda sonora. Su creador ha llegado a asegurar que esta obra anda más cerca de la poesía que de cualquier otro género. Para excusar dicha afirmación, se escuda en la definición que el propio García Lorca hizo tiempo atrás: “Poesía es la unión de dos palabras que nunca pensarías que podrían quedar bien juntas y que, al hacerlo, crean algo como un misterio”. Como Lorca y Chavela.

Si damos rienda suelta al disfrute de nuestros oídos, no tendremos más remedio que detenernos en la cuidada selección de temas en vivo que vemos a lo largo de todo el film. La más que icónica Macorina tiene su lugar, pero aquella que marida a la perfección con la atmósfera aquí creada es, indiscutiblemente, La Llorona.

Si porque te quiero quieres, llorona
Quieres que te quieres más
Si ya te he dado la vida, llorona
¿Qué más quieres?
¿Quieres más?

Acompañando a sus canciones, la animación aquí utilizada crea un puente entre México y España, entre el pasado histórico del poeta y el presente de la cantante, entre la magia chamánica de los Huichol y la descarnada realidad de su ancianidad. De las acuarelas pictóricas animadas a la pixelación de escenas, todas las técnicas dotan de un mayor dinamismo lo que aquí contado, abriendo una puerta a sentimientos, metáforas y escenarios aún más profundos que la misma imagen real. Sucede, por ejemplo, con la representación iconográfica del Lorca transformado en el ruiseñor que a diario repicaba su ventana en la Residencia de Estudiantes.

En definitiva, ‘El ruiseñor y la noche’ es una bella narración en vida de la muerte de Chavela. Una magnífica historia que escribe su final con el resplandeciente ocaso de la artista. Que nos hace testigos de su regreso a Madrid hace tan solo tres años para ofrecer el que fue su último concierto (a los pies de la ventana de la Residencia), fuese cual fuese el precio a pagar: “Lo que más me gusta de la vida es la muerte. Y de la muerte, la vida. No puedo tenerle miedo”. Aunque arropada por amigos como Miguel Poveda y Martirio, sobre el escenario, o Pedro Almodóvar, fanático en la primera fila, su voz comienza a apagarse. Tanto es así, que tres semanas más tarde finalmente se marcha. Esta vez, para no volver.

“Algún día, la muerte me pedirá un autógrafo y se lo firmaré con mi vida”. Aquella noche, al parecer, lo firmó.

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